Velas negras surcan el Egeo

velas negras

Nacido de una respuesta del oráculo ante los ruegos desesperados de un rey sin descendencia, un héroe siempre es una buena historia. Que nadie espera que exista, que surge de una unión imprevisible, que es necesario mantenerlo oculto para que no corra riesgos, que muestra un carácter distintivo, que con certeza le espera un lugar en el altar de los mitos y la historia.

El deseo de pertenecer a la casta de los héroes es otra de las constantes que definen la naturaleza humana porque justamente, nunca se sabe qué porción de nuestro personaje es divina y está destinada a la trascendencia. Quizás ese halo sea insignificante para la mirada extraña de los mortales pero no implica que no esté allí dentro nuestro,  imaginando un futuro de gloria que nos arrebate para siempre la maldición de perecer.

Permaneció muchos años oculto a los ojos de aquellos que podían hacerle daño, con sus hazañas de infancia asombró a quienes ya eran consagrados, pasó las pruebas necesarias, encontró la espada que su padre había ocultado para probar su descendencia, agradeció al oráculo después de viajar por tierra. Cuando el desafío lo dejó sin posibilidad de elegir, asumió gustoso la aventura y la lucha en pos de liberar a su pueblo de los caprichos del tirano. Emprendió su viaje, conoció el amor, enfrentó al monstruo del laberinto, lo venció y pudo volver gracias al ingenio de otra como él que no tuvo remordimientos en rivalizar con las obligaciones para trascender y devenir en mito.

El problema de los héroes es que después de ganar el título -ya sea si fueron engendrados por alguna divinidad o porque sus méritos los consagraron como tales-, tienen que obrar en consecuencia y bueno, nunca olvidemos que en realidad son humanos. Había que regresar y contarle al mundo que por fin serían libres, había que asumir que la astucia fue de ella cuando le enseñó a volver sobre sus pasos siguiendo el ovillo, que la fuerza no era suficiente, que todo lo que prometemos se ata en las madejas que sostienen las innombrables.

Era de noche en altamar. El temor comenzó a carcomer el alma del héroe y las preguntas que no cesaban lo convencieron de que lo único posible en ese momento era cometer una traición. Acalló las promesas convencido de que ya no las necesitaba, creyendo que un deber impuesto lo consagraría y se equivocó porque otra vez: un héroe nunca deja de ser humano aunque no lo supo hasta que la ansiedad por llegar a casa lo hizo confundir el color de las velas que debía izar y así fue como en medio de la confusión, Egeo, su padre, creyó que Teseo había muerto en el laberinto y se arrojó desesperado desde el faro.

El mar se llama así en memoria del rey que se suicidó pensando que su hijo había muerto. Podía haber soportado el fracaso de la misión pero no logró lidiar con el carácter mortal de su hijo. Siempre me pregunté qué hubiera hecho Egeo al enterarse que era padre de un héroe que al mismo tiempo había sido un cobarde y un traidor. De todos modos, nunca sucedió.

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