Laberintos

Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres (*).

laberinto4-2

El sol entibiaba su pecho y el prado era de un verde profundo. Le parecía haber visto un paisaje así en una postal de Andorra que daba vueltas por su casa.

El juego comenzaba y sus pasos eran todos victoriosos. Siempre había amado los laberintos. Le gustaba resolverlos desde chico. Seguía la pista entre las diferentes vías enredadas que permitían unir un ratón con su cueva en los entretenimientos que traían las revistas.

Incluso recordaba con mucha nitidez las dos veces que había estado horas jugando en el que caracteriza Los Cocos. Una vez había viajado desde Hernando. La segunda vez ya vivía en Villa María. Su tío le había dicho que la manera de salir de los laberintos era doblando siempre a la izquierda. Luego de llegar varias veces a puntos muertos con esa táctica decidió que no iba a girar a la izquierda nunca más.

De a poco esa idílica imagen dejaba paso a la aparición de preocupaciones. Las opciones no solo eran novedosas sino que tenían título. DESTITUYENTE titilaba un letrero luminoso en una de ellas, CLAUDICANTE anunciaba otra, AMOLDABLE rezaba la última. El sendero ya no se abría entre ligustros. Los límites estaban marcados por espinillos y lambertianas que injuriaban su piel.

Le vino a la mente otra apreciación de su tío: de los laberintos se puede salir fácil si se los ve desde arriba. También era la manera en que se le presentaban los juegos de sus revistas. La conclusión lógica era que se podía salir por arriba pero al levantar la vista solo veía nubarrones.

Eran nubarrones iguales a los que se le aparecían cuando hacía esa jugada increíble, en la que gambeteaba a 4 chicos, que eran los mejores del barrio, y con el arquero insultándolo la ponía al lado del palo para pasar a perder 1 a 0 sobre la hora.

Ahora sentía decididamente el frío y la humedad. Estaba empezando a tener miedo. Le dio la mano a su tío. Siguieron caminando hacia lo más oscuro. La mano era un pergamino, no le quedaba claro quien conducía a quien. No reconocía a su tío en esa cabellera blanca rala, ni en los anteojos ahumados, pero cuando lo vio aplaudir ampulosamente, con las manos lejos del cuerpo se despertó sudoroso.  Los mismos nubarrones.

Al costado de la cama estaba el Estatuto Universitario que había estado repasando. Él no usaba resaltadores pero el final del artículo 16 estaba pintado de fucsia. El celular lo ubicó: 8:40 AM, sáb, Marzo 18.

Quiso dormirse de nuevo para que termine la pesadilla.

(*) Jorge Luis Borges

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Un comentario en “Laberintos

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